Empiezo a creer que la frase “Nunca serás tan joven como hoy” está empezando a caducar. ¿Se imaginan un mundo donde la media de edad sea entre 80 y 90 años, pero este grueso de la población luzca como si tuviera 40 años? Como muchas cosas de las que se leen en mi blog, sé que suena a ciencia ficción, pero no lo es. Estamos hablando de que quizás la próxima generación pueda gozar de una expectativa de vida mucho más alta (100 años o más) que las que hemos ido construyendo a través de los milenios.
La raza humana siempre ha soñado con la vida eterna de una forma u otra, ya sea desde el punto de vista de la religión, como la vida después de la muerte, o en la literatura, con historias como la de Dorian Gray, el hombre que nunca envejece. En el mundo real, para alcanzar estos supuestos, hemos tratado de encontrar la cura a distintas enfermedades y desarrollar productos que retrasen el envejecimiento. Los avances científicos y tecnológicos nos están llevando cada vez más cerca del éxito, gracias a la cosecha de años de ciencia médica y convergencia tecnológica.
A principios de 1900, la expectativa de vida para un humano era de 32 años o 50 años en países desarrollados, mientras que para 2021 esta había aumentado más del doble, alcanzando los 71 años a nivel mundial. Llegar hasta aquí no ha sido fácil. El mundo médico tuvo que esperar la evolución de la tecnología para utilizarla como punta de lanza y convertirla en su herramienta más importante, empleándola en la mayoría de sus procesos, medicamentos, investigaciones y desarrollo de nuevas herramientas.
La implementación de la informática en las investigaciones nos llevó a otro nivel, ya que empezamos a medir más variables como nunca antes (si se puede medir, se puede mejorar). Esto sucedió en el área de la salud con el desarrollo de nuevos tratamientos y fármacos, desencadenando un aceleramiento nunca antes visto en la implementación de nuevas medicinas y vacunas. Lo que antes tomaba años hoy en día puede lograrse en meses, como fue el caso de la vacuna contra el COVID-19. Este tipo de enfoques permite a los científicos trabajar con modelos matemáticos que ensayan distintos tipos de escenarios basados en prueba y error, complementados con grandes volúmenes de datos utilizando big data e inteligencia artificial.
Por otro lado, contamos con los desarrollos en biotecnología, que no es más que el cruce de la química, física, ingeniería y ciencias de la computación. Los avances en biotecnología en los últimos años nos han permitido conocernos mejor y descubrir muchos de los secretos que antes permanecían codificados y guardados dentro de nuestros cuerpos. Por primera vez tendremos a nuestro alcance la medicina personalizada e incluso la creación de humanos a la carta, gracias al descubrimiento de CRISPR.
La CRISPR todavía está en pañales, pero ya nos ha permitido decodificar genomas y descubrir cómo revertir enfermedades. Incluso podemos generar humanos inmunes a ciertas enfermedades, como en el caso de las gemelas nacidas en China hace algunos años, las cuales fueron modificadas genéticamente para ser inmunes al virus del VIH.
Este tipo de descubrimientos han tocado hasta las ramas de la filosofía, planteándonos preguntas como: ¿Qué tan bien está jugar a ser Dios? o incluso más importante, ¿Quiénes tendrán acceso a estos tratamientos?, ¿Quiénes podrán elegir cómo quieren a sus hijos, si los quieren aptos para un deporte, más altos, más inteligentes o incluso elegir el color de los ojos o de la piel? o ¿niños inmunes al cancer, VIH o cualquier otra enfermedad? Preguntas que Jennifer Doudna la científica más destacada en el área deja bien plasmadas en su biografía “El código de la vida”.
A opinión personal no tengo dudas de que las tecnologías seguirán avanzando y estas 2 ramas se encuentran aún en etapas muy tempranas con magníficos resultados, que con el paso del tiempo llegaran a su maduración y las enfermedades serán cosa del pasado y la vejez será solo un número, ya que esta no se verá reflejada en nuestros cuerpos y viviremos en un mundo donde tener 100 años cumplidos sea algo común y las enfermedades hayan sido erradicadas, como lo vemos hoy, con enfermedades como la viruela, que fue declarada por la OMS erradicada en 1980.
Siendo esto tan increíble, hemos visto avances que alguna vez solo existieron en la imaginación. Pero con estos avances vienen grandes responsabilidades y dilemas éticos. La tecnología que impulsa nuestra longevidad también nos obliga a reflexionar sobre nuestra humanidad y los límites de nuestro poder. Mientras avanzamos hacia un futuro donde la longevidad no solo es posible sino probable, debemos asegurarnos de que los beneficios de estas tecnologías sean equitativos y accesibles para todos, evitando así una nueva era de desigualdad biológica.
En resumen, la tecnología, en sus múltiples facetas, está transformando nuestra expectativa de vida de una manera sin precedentes. La informática, la inteligencia artificial y CRISPR son solo algunas de las herramientas que están haciendo posible esta revolución de la longevidad. Mirando hacia el futuro, debemos continuar abrazando estos avances con cautela y sabiduría, asegurándonos de que el don de la longevidad sea un fruto del que todos podamos disfrutar.
Escrito por: Jorge Padilla sin intervención de IA, imágenes realizadas: por IA.

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